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El Llamado del Hombre

Podríamos argumentar que Dios es varón o que no tiene un género definido, sin embargo utiliza la personalidad de un varón para demostrar gran parte de su carácter. Todas las figuras bíblicas de Dios son representadas a través de un hombre: Anciano de días, el Ángel de Jehová, el concepto de Padre, Rey de Reyes y la misma persona del Señor Jesús, por solo mencionar algunas. Es por eso importante explorar con profundidad la responsabilidad del hombre delante del Señor.

Probablemente en nuestra cultura hispano parlante son muy marcados los privilegios del género masculino. Desde los sueldos y las oportunidades que son superiores a los de las mujeres, según estadísticas comprobadas, hasta el machismo que aunque parece haber caducado, todavía encontramos rasgos de su existencia. Para el hombre (en el contexto del mundo) el ser mujeriego puede ser un ejemplo a seguir, una demostración de poder y habilidad para con el sexo opuesto, sin embargo, para la mujer, el ser “hombreriega,” término que por supuesto no existe, pero que ayuda a definir a una mujer que tiene muchos hombres, es una afrenta y la hace acreedora a un término despectivo como el de ramera. No parece necesario demostrar tal tesis: el hombre tiene muy definidos sus privilegios. Ahora bien, debemos pensar, ¿qué de sus responsabilidades? Para empezar, podríamos considerar que el hombre existe para proveer. Por mencionar otras responsabilidades: el hombre existe para procrear hijos, podríamos añadir que para regañarlos cuando la mamá no pueda con la disciplina, algunos añadirían que el hombre existe para triunfar, para ser un deportista sobresaliente, un empresario ejemplar, un político de trascendencia, etc. Si nos ponemos a meditar, el mundo está diseñado para generar este tipo de hombres. La mayor parte de las cosas que tienen valor en este mundo son superficiales, efímeras en cuanto a trascendencia y como dijo el sabio, vanas, entendidas como vacías. Debemos aceptar que hemos sido ignorantes de dos llamados muy importantes para el varón en los cuales hemos fracasado y en los cuales se define nuestra responsabilidad.

Aunque el mundo reconoce a grandes deportistas y a grandes empresarios, difícilmente habrá un salón de la fama o una biografía de publicación exitosa de un hombre que simplemente fue ejemplar en dos llamados muy esenciales que Dios estableció desde la fundación del mundo: La relación con Dios y la relación con la familia. Quien tiene una profesión o un negocio, ¿cuánto tiempo le tomó llegar a metas razonables? Como mínimo, a un profesionista le lleva cuatro años de intenso sacrificio y estudio, no se diga si se cuenta con alguna maestría o doctorado. Quien tiene un negocio, ¿cuántas horas le tomó establecerlo? Podemos hablar de años o de décadas. Esas son cosas importantes que no debemos de abandonar o ser mediocres en su desarrollo, pero la gran interrogante radica en: ¿cuánto tiempo dedicamos para ser un mejor hijo de Dios? ¿Cuánto tiempo de calidad entregamos a los hijos?

Dios tiene un llamado para el hombre y todo llamado requiere que escuchemos las instrucciones y las direcciones. Damos como un hecho que nuestros hijos llegarán a ser buenos, responsables, éticos, triunfadores, etc., pero hacemos poco para que esto ocurra. No somos los hombres, sino la mujer quien se está llevando la corona en la formación de nuestros hijos. Parece ser que la madre puede doblar rodillas, ser entregada y persistente, cuando nosotros parecemos ser administrativos, analíticos y pragmáticos en nuestra relación con Dios. El hombre por sus tendencias culturales tiende a ser más orgulloso. También tendemos a ser escépticos y curiosamente el escepticismo encuentra su raíz en el orgullo. El orgullo es el gran enemigo de nuestro Dios. La única manera para vencerlo es la humillación. Jesús dijo: “Aprended de mi que soy manso y humilde de espíritu.” Ambas palabras definen a una persona enseñable, moldeable y añadiríamos, vulnerable. Jesús nos dice implícitamente que la humildad y la mansedumbre son conductas que se aprenden, que se desarrollan por medio de la práctica. A Dios no se le pide que nos haga humildes, uno tiene que tomar la decisión de doblar su orgullo y desnutrirlo al punto que llevemos nuestras tendencias a la cruz de Cristo. La humildad no está peleada con el éxito o con los privilegios que aún Dios nos concede como varones. No obstante, lo primero es lo primero, y lo primero es desarrollar el carácter de Cristo en nuestras vidas.

¿Cuáles son los atributos que deben destacar en un hombre según el filtro de la Palabra y no de una opinión personal? Algunas de las siguientes características o adjetivos:

•Fortaleza
•Visión
•Autoridad
•Potencial
•Paternidad
•Estabilidad
•Sabiduría

Lo más tremendo es que todas son características encontradas en el Señor. Es por eso que Pablo escribió a los Efesios:

Hasta que todos lleguemos a la estatura del varón perfecto… (Efe 4:13)

El “hasta” habla de una meta. El hombre es competitivo, pero a veces mal dirigido. Es como la fuerza de un caballo irreverente, pero cuando es domado, su fuerza tiene cauce y propósito. El “hasta” habla de un proceso, un proceso doloroso, la remoción de los paradigmas contrarios a los designios de Dios y el establecimiento de lo eterno en la vida. El “que todos lleguemos” expresa que no estamos solos. Que la carrera que tenemos por delante es corrida por hombres sencillos como nosotros y fue corrida y terminada por hombres con los mismos conflictos y limitaciones que tenemos en esta vida. El “hasta que todos lleguemos” habla que somos responsable de llevar esta causa a otros varones y no dejar en el camino a compañeros que pueden ser más débiles que nosotros mismos y levantarlos para que a una todos lleguemos a la estatura del varón perfecto, lo que implica un estándar de vida, un estilo superior al que estamos viviendo. He ahí nuestra meta que delante de Dios será nuestra más grande responsabilidad y para nosotros nuestro más grande privilegio.